Lunes 20.05.2013

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Encuentro de tambores en Juncos

Surcan los aires los ritmos africanos del yubá, el holandé, el sicá, el cuembé, el seis corrío y el paulé

Al pegarse el cuero contra el cuero, entre cientos de tambores, con el vaho, el sudor, la iluminación de la estrella centella que vislumbra y quema, siguiendo siglos de africanismo, de negregura, de negrería, de negrearse la negritud del negrecer vernáculo, se ha dado esta cita de la una de la tarde, este pasado sábado en Juncos, en el Encuentro de Tambores. Los asistentes se encontraron y se enfrentaron ante una diáspora que dio rienda suelta a su negrillera, a su negror, a su negrota y a su negrote.

La mulatería se confundía con su negrizca y su blancor de piel de cada día, bombeando y soneando, colándose hasta por las pieles más brillosas y rosaditas la clave de la bomba —con que se nace—, surcando los aires los ritmos africanos de nuestros antepasados del yubá, el holandé, el sicá, el cuembé, el seis corrío y el paulé. Los pies, la temblequera y el espíritu de la emoción marcaron los ritmos sin autorepresión (y si con diez palos encima mucho mejor); o lo que es lo mismo, con una buena dosis de furor bombero que hace que salga ese negro que llevamos por dentro.

La convocadora Norma Salazar invocaba, declamaba y cantaba: “Suenan los tambores en la madrugada/ Suenan los tambores/ Juncos se levanta/ Suenan los tambores/ Tambores de lluvia/ Tambores de paz/ Tambores, tambores/ Que no son de Guerra/ Tambores tambores/ Para gente Buena/ Tambores de paz/ Tambores que educan/ De cuero y madera. El redoble se hizo bien fuerte, entró el coro, y se hizo el llamado del tambor para cada pueblo que participaba para que comenzara a bulear en su clave constante.

Salazar, difusora de este legado cultural africano, dijo que el encuentro se realiza porque la cultura está en crisis, la tradición se ha perdido, los valores afronantillanos se agotan, porque es necesario reunirse para promover una herencia que nos define, que nos singualiza, que nos da valor, que nos transporta al pasado, y que se la debemos dejar al mundo como herencia. Así las cosas, la muchedumbre en la plaza juncoeña, se esgalillaba con el coro, ese coro multicolor boricua, prismático, haciendo de la brea su tarima, y no destacaban quienes mejores estuvieran sino todos los que participaban, en una sola columna de formación.

“A cada pueblo se le asigna una bomba diferente y toca a Juncos dar la bienvenida abriendo con el sicá, el yubá, el holandé y el seis corrío, por originar este taller. El tambor es bien definitivo y estrella de este evento como un elemento libertario. Como no había tenido tradición de bomba, el músico Angel Alomar invitó a los jóvenes a hacer los tambores y a tocarlos. La isla de Vieques venía con sicá aunque cantó la danza ‘Isla Nena’ en cuembé. Guayama hizo lo mismo con el cuembé y Humacao con el yubá. Aquí hay que darle cantazos al quintero para perpetuar la bomba, a que los niños conozcan el instrumento y las niñas contesten al tambor bailando. Por ahí nos solidificamos como pueblo, afirmando la cultura, y a hacer de esta ciudad un enclave de cuero a cuero”, declaró la folklorista.

José ‘Vitito’ Emanuelli como de 30 años invitó al niño de siete años Edgar Salamán a sentarse frente por frente y retarse en el yubá. Santurce, con una comparsa muy nutrida también prefirió el yubá, mientras los de Loíza, numerosos también, vinieron con su seis corrío. Hicieron una poesía de tambores los expertos Víctor Fuentes y Jesús Cepeda; y los de Mayagüez cerraron con un holandé y un paulé. EStos ritmos dividen la clave en tiempos de seis por ocho como el yubá, el holandé y el seis corrío. El sicá y el cuembé se hace en dos por cuatro tiempos; y el calindá en tres por dos, informó el también folklorista Pedro Clemente. Entre todos hubo grandes intérpretes como John Rivera y Joncito Rivera, Erica Boulogna, Ricardo Soler y Sandra Santiago.

Pero, el desfile escénico se yuxtaponía. Si se miraba desde la tarima hacia el público, la imagen reviraba. Si se admiraban a los artistas desde el suelo hacia arriba, las visiones se confundían y transportaban en el tiempo. Allí en unidad se encontraba esa famila puertorriqueña con la piel como tizne, como canela, como café con leche, más parditos menos parditos, marrones en todas sus gradaciones, con pequitas, coloraítos con pelo malo, blancos, blanquísimos, descendientes todos de aquellas etnias y naciones esclavizadas por los conquistadores cuyos orígenes nacían en Cabo Verde, Angola, Guinea, Senegal y el Congo.

Por estos mismos parajes desfilaron los minas,
los jelofes, los yorubas, los bramas, los biafaras, los zapes, los mandingas, los berbesis, los cazangas, los biohos, los ladinos, los bozales y los mismos cafres que nos dejaron su música, sus cantos, sus bailes, su gastronomía, su vocabulario, sus costumbres y su presencia en nuestra sangre. Ellos también se rebelaron y consiguieron su libertad hace 139 años, después que se indemnizara a sus propietarios. Tiempo después al convertirse en artesanos iniciaron el movimiento obrero que en la Isla hoy se conoce, se recordó.

La música transcurría en curso, cada vez más frenética hasta que al final se juntaron los cientos de tambores en una voz musical única. Arrimada y compartiendo la escena como si fuera un altar, con sus cabellos acariciados por el aire, de ojitos saltones, dejando que la clave la dirigiera, una bella, bellísima niña, heredera de aquellos tambores también danzó. La fiesta pletórica de surrealismo, de un encuentro tan palpitante, pasó a un mayor éxtasis con ese tejemeneje del danzón interno de cada cual recordándse aquel fragmento inmortal del poema de los ‘Tambores’ de Luis Palés Matos.

“¡Ahí vienen los tambores!
Ten cuidado, hombre blanco, que a ti llegan
Para clavarte su aguijón de música.
Tápate las orejas,
Cierra toda abertura de tu alma
Y el instinto dispón a la defensa,
Que si en la torva noche de Nigricia
Te picara un tambor de danza o guerra,
Su terrible ponzoña
Correrá para siempre por tus venas”.

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