Domingo 26.05.2013

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Juramentación presidencial: Agenda de justicia social

“Mientras en la metrópoli se derrumban las barreras a sectores ‘invisibilizados’, en Puerto Rico la distorsión rige el camino en dirección contraria”.

(AP)

“Nos afianzamos a nuestro credo cuando una niña pequeña nacida en la pobreza más desoladora tiene la misma oportunidad de ser exitosa que cualquiera otra persona; porque es americana, ella es libre, ella es igual, no solamente ante los ojos de Dios, sino ante los nuestros”. Las palabras del presidente Barack Obama en la Ceremonia Inaugural, marca la tónica de lo que ha sido la ruta por la lucha por los derechos civiles. La dignidad de toda(os) debe ser respetada por igual para lograr la libertad y equidad que tanto se profesa. Como capítulo de la historia de Estados Unidos, la ceremonia de juramentación presidencial materializó el epítome de los logros alcanzados a través de una lucha a favor de los derechos civiles para erradicar el discrimen por razón de la cuna social, racial e identidad de género.

Una nación que se fundó sobre los hombros de la esclavitud bajo el azote en las espaldas de la negritud, tardó más de 148 años después de una Guerra Civil en 1865 que culminó con la abolición de la esclavitud para que una persona de ascendencia africana fuera reelecto a la presidencia de EE.UU. por segundo término. La historia ha estado plagada de luchas en la cotidianidad. El derecho al voto, la integración en el sistema de educación pública, la política de acción afirmativa, estatutos federales para proteger los derechos civiles, entre otros, abren camino para que finalmente una familia con un tono de piel más oscuro resida en Casa Blanca; no como esclavos, sino acompañando al jefe en mando de la nación que se piensa la más poderosa del mundo. Eso es solo la embocadura. Todavía queda mucho camino por recorrer para que se erradique el discrimen en la trinchera de la vida.

Los símbolos de esta lucha histórica por los derechos civiles enmarcaron la ceremonia inaugural en el aniversario de oro de la marcha que dirigió Martin Luther King en la ciudad capital, Washington, D.C., ante el monumento del presidente Lincoln. Las expresiones cuidadosamente enunciadas por el presidente Obama en cuanto a las aspiraciones de la niña, recoge no solamente la experiencia de mujeres como la propia primera dama, licenciada Michelle Obama, y la jueza Sonia Sotomayor, la primera mujer de ascendencia puertorriqueña en ser nombrada al Tribunal Supremo de EE.UU., sino de miles. La libertad, la equidad y el respeto a la dignidad han sido campeados como banderines ante las vallas y murallas que al día de hoy debemos derrumbar literalmente derramando sangre, sudor y lágrimas. Junto a la historia de la comunidad afroamericana, hispana, y las mujeres, se apuntalaron las luchas de la comunidad LGBT.

Los íconos de los sectores que la historia ha ‘invisibilizado’ fueron destacados trazándose el mapa de la ruta que Barack Obama interesa seguir sin reserva en su último término en la presidencia. La primera mujer latina en llegar al Tribunal Supremo de EE.UU. juramentó al Vicepresidente; un poeta de ascendencia cubana abiertamente gay leyó su poema, un religioso y una banda musical de la comunidad LGBT se manifestaron, mientras la voz de una joven cantante afroamericana enalteció el himno de EE.UU. Este cuadro de inclusión reflejó a lo que la Nación que eligió a Obama aspira de costa a costa. Por otra parte, Obama reaccionó a posturas neofascistas que circulan en los pasillos del conservadurismo fiscal. Rechazó la noción que “América deberá escoger entre la generación que construyó el país, o invertir en la generación que construye su futuro”, endosando su compromiso con Medicare, Medicaid y Seguro Social para anclar la grandeza de la seguridad que necesita la ciudadanía.

La inclusión requiere rebalancear el ejercicio del poder estableciendo mecanismos que garanticen la diversidad. La redistribución del poder entre todos los sectores que históricamente nos han dado de codo, a veces implica enfrentar el fuete de quienes se les frena el abuso de su poder. Ripostan con un discurso de odio encaminado a perpetuar las cadenas de opresión contra quienes ahora deben sentarse en la misma mesa en equidad de condiciones. La resistencia lleva a escenas dantescas en que por odio se derrama sangre, se silencian voces críticas que enarbolan la justicia social, se marginan cerrándole puertas a la educación de excelencia, al empleo bien remunerado, a escalar posiciones de poder, a servicios de salud, incluyendo la salud reproductiva, entre tantas otras formas de tirarle la puerta en la cara, para mantenernos subyugadas(os).

Mientras en la metrópoli se derrumban las barreras a sectores ‘invisibilizados’, en Puerto Rico, como el rabo colonial del león imperial, la distorsión rige el camino en dirección contraria. En el pantano colonial, las cuchillas filosas de las pugnas que atraviesan el debate sobre nuestra relación política con EE.UU. marchitan los logros alcanzados de justicia social. La nobleza de los principios del respeto a la dignidad del prójimo, lejos de lograr la inclusión de la diversidad, desata la polarización que nace del odio segando toda posibilidad de buscar terreno en común para unirnos como pueblo. Independentistas y soberanistas se atrincheran en la ‘puertorriqueñidad’ para distinguirse del amo en la metrópoli, mientras que el sector estadista se entrega para participar en ‘igualdad de condiciones’ en la mesa de negociaciones de EE.UU. Por otro lado, el sector colonialista de la oligarquía criolla utiliza todo a su alcance para ‘invisibilizar’ a quienes amenacen su hegemonía. De parte y parte, se enarbolan las tácticas peligrosas antidemocráticas de la censura, la mordaza, la persecusión política, el asesinato de reputaciones, la aniquilación psicológica y el asesinato físico para silenciar la oposición y alimentar la polarización. En dicho camino espinoso se pierde la brújula. No importa seamos independientes, soberanos, colonia o estado, la lucha por los derechos civiles debiese ser abrazada por quienes creemos en el respeto a la dignidad. ¡Debemos rescatar nuestras alas de la esperanza para echar a volar nuestro sueño que un mejor Puerto Rico sí es posible!

 

 

 

 

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