Miércoles 19.06.2013

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Los wanabís

“Lo que el PNP haga en los próximos ocho meses, determinará su viabilidad como partido para el 2016”

EL VOCERO / Archivo / Dennis A. Jones

Cosas de la absurda colonia: Los estadistas ganaron el plebiscito y los penepos perdieron la elección. La competencia anticolonial fue ganada. El jueguillo colonialista de puestecitos fue perdido. Algo les tiene que enseñar. No hay mal que por bien no venga, ni mal que dure mil años, ni cuerpo que lo resista. Una de las bendiciones que tuvo para el PNP la maldición de perder el juego de sillas musicales coloniales, es que tienen la perfecta excusa para renovar sus congresos, corregir sus errores, abrir puertas a nuevas alianzas y romper con las malas mañas.

La primera lección que les deja esta derrota es que los partidos no pueden insistir en refrendar y presentar políticos no viables, desgastados y cuya vida útil ha sido agotada. Tampoco pueden aspirar con una base dividida. Esa lección la aprendió a golpes la Pava en el año 2008 y al PNP en el 2012, le repitieron la misma dosis del 2004. Los ‘comebacks’ y las ‘remontadas’ no existen en la política colonial. Este país no perdona las figuras desgastadas y los equipos demacrados. El lastre y la división son fuerzas demasiado destructivas.

La pulverización del PNP es una excelente oportunidad para comenzar de nuevo. El nuevo empezar supone que camino al 2016 la reestructuración se haga bien. Lo primero que tienen que evitar es la guerra de exclusiones y las luchas internas por el poder chiquito. Lo que el PNP haga en los próximos ocho meses determinará su viabilidad como partido para el 2016.

Después de la agria derrota del año 2000, el PNP se embarcó en un ‘Demolition Derby’ de carros locos. Pesquera primero decidió quedarse dos años más. Norma Burgos lo retó. Edison Misla quería regresar con la portavocía de la minoría en la Cámara. Misla retó a Carlos Pesquera. Dieciséis representantes de la Palma se rebelaron, no quisieron renovar e impusieron a Misla. El Directorio lo revocó. Misla insistió y lo eligieron portavoz de la minoría. Pesquera renunció junto a Jorge Dávila y Pedro Figueroa que pedían renovación. La presidencia interina le tocó a Norma Burgos. Los alcaldes la boicotearon. Burgos nombró a Rafael Cerame, secretario del PNP. La base le serruchó el palo. Leo Díaz retó a Norma Burgos y provisionalmente se quedó con el partido. Posteriormente en febrero del 2001, una Asamblea elige a Leo Díaz. El candidato alterno de Norma Burgos, Rafi Escudero, tiró la toalla. Leo Díaz nombró secretario a Hugo Pérez, un desconocido. La guerrilla de todos contra todos se apoderó de la Palma en los primeros tres meses de la administración de Sila Calderón. Sergio Peña Clos y Norma Burgos continuaron serruchándole el palo a Leo Díaz. Miriam Ramírez despuntaba con la guerra de las banderas. Y en el medio, el gobierno Popular desencadenó la segunda mordaza en contra de los estadistas. Todos fueron víctimas de la criminalización.

Ya para abril del año 2001, la guerra fratricida entre Norma Burgos y Leo Díaz llegaba a niveles de saturación. Burgos pretendió convertirse en la sombra crítica del presidente del PNP. Rosselló y Pesquera se habían echado a un lado alegando que no les interesaban puestos ni candidaturas. Posteriormente, ambos regresaron a disputarse la candidatura a la gobernación en unas primarias sumamente divisorias.

El protagonismo y la lucha de los wanabís a cuanto puesto y puestecito político había, acabaron con la viabilidad del PNP tan temprano como el verano del 2001. En agosto, Héctor O’Neill le pedía a los aspirantes que pusieran las cartas sobre la mesa. Los alcaldes querían resolver el vacío de poder inmediatamente. Leo Díaz le salía al paso a O’Neill alegando que no era el momento de candidaturas y que había que abrir espacio para un proceso primarista abierto a todo el mundo. Los aspirantes abundaban a tres por chavo; Norma Burgos, Leo Díaz, Santini, Pesquera. En el proceso, Leo Díaz renunció y pidió primarias para el 30 de octubre, proceso democrático que abriría las puertas de par en par con iguales oportunidades para todo el mundo. Héctor O’Neill y Carlos Romero peleaban por pendejases. Finalmente, Pesquera salió presidente del partido, Jorge de Castro Font hizo su fatídico ingreso al PNP. Dos años más tarde, en marzo del año 2003, apareció Pedro Rosselló como candidato a la gobernación. De nada le valió la presidencia a Pesquera. La derrota del 2004 se había sellado en las divisiones del 2001.

Todo esto viene a cuento, porque ya se siente en el PNP el mismo culillo por protagonizar, excluir y despuntar. Los alcaldes tienen la jiribilla de decidir quién habrá de ser el candidato a la brevedad posible. Y nuevamente, hay muchos wanabís. La derrota del 2012 dejó muchos vacíos y puestos que llenar. En este momento, al menos cuatro despuntan con aspiraciones al 2016: Pierluisi, Rivera Schatz, Ricardo Rosselló e Iván González Cancel. Ninguno debe ser presidente por ahora. Lo que necesita la Palma es un amigable componedor.

El PNP tiene unas 47 alcaldías sin llenar. En los 20 pueblos que perdió, están los sucesores choretos, al igual que los que no quieren soltar. En los 30 pueblos que ganó, hay superalcaldes que probablemente no vuelvan a aspirar y que quieran dejar a su prole o a sus protegidos en el 2016: Guaynabo, Bayamón, Toa Baja, Manatí, Yauco y Fajardo pudieran estar en esa lista. El potencial divisorio es brutal.

La lección está escrita. El PNP necesita un presidente/secretario experimentado que lo reorganice, sin interés en el puesto y sin favorecer a uno. La colectividad no debe cerrarle puertas a nadie. Todo proceso deberá contar con el aval de todos los wanabís. El mandato descolonizador y fiscalizador es mucho más fuerte que los egoísmos y yoísmos. Esa debe ser su prioridad. Esta vez no hay margen de error, no hay espacio pa’ personalismos, ni tiempo que perder. Los wanabís tienen la palabra…

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