

El tercer concierto de la temporada corriente de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico, celebrado el sábado 17 de octubre, trajo al Director Musical Asociado Roselín Pabón al podio de dirección, en su noche inaugural en la nueva Sala Pablo Casals, y la agradable presencia de un solista en trompa.
Varios cambios en el programa resultaron en una noche más refrescante y ágil. No sólo se rompió con la poco imaginativa hegemonía de los conciertos para piano o violín temporada tras temporada, sino que además se tuvo la previsión de podar un programa recargado, que originalmente incluía cinco obras.
La dilación en el comienzo de la cita, debida tanto a un molesto silbido en el ambiente como a la iluminación encandiladora del escenario, nos recuerda el camino que todavía tenemos que andar antes de llegar al grado óptimo de profesionalismo, verdadero reto en este Caribe tan reñido con la solemnidad.
Comenzó el concierto con “Tureyareito” de Héctor Campos Parsi. La obra, comisionada por el Festival Casals y estrenada en 1984 por la Sinfónica de Pittsburgh bajo la dirección de Herbert Blomstedt, se mueve dentro de la vanguardia modernista, que suprime la primacía tradicional de la melodía en favor del ritmo, en este caso uno primitivista y arcaizante, a tono con la imagen que pretende rememorar el título. Este ritmo se apoya en la repetición obsesiva de patrones y en la síncopa como elemento estructural.
El color orquestal que desplegó el conjunto revela la voluntad de apropiación del nuevo espacio sinfónico, un ensayo de sus posibilidades acústicas. Aun dentro de los desbalances entre las secciones, la lectura resultó en un ejercicio legítimo de calibración y de despliegue de fuerza interpretativa.
Muy bienvenida fue la participación de Erick Ruske con el “Concierto en Si bemol mayor para trompa y orquesta, op. 91” de Reinhold Glière. No sólo rompió la monotonía de timbre en las presentaciones solistas de cada temporada, sino que impactó con su versatilidad técnica, sonido redondo y respiración impecable. La inverosímil dificultad que significa el dominio de la trompa, que se revela en los desfases ocasionales que nublaron algunos pasajes, no representó mayor impedimento para una interpretación de gran vitalidad e inteligencia estilística.
Las resonancias románticas de la composición, así como la amplia paleta de recursos técnicos que impone, encontraron en el señor Ruske un efectivo portavoz. Tanto en los pedales como en los agudos, en los sonidos tapados, en los metálicos y en los lejanos, en los trinos y en la articulación doble desplegó un aplomo que compensó las inseguridades que lograron filtrarse en una interpretación por demás memorable.
La segunda parte del programa comenzó con la explosión de fuerza que supone “Short Ride in a Fast Machine”, de John Coolidge Adams. Evocativa de la ilusión del perpetuum mobile y de la fascinación por la máquina promisoria, como aquella “Pacific 231” de Honneger, esta composición minimalista se apoya en la cacofonía y en el polirritmo, dramáticamente subrayado por el diapasón constante en el bloque de madera, para desplegar una orgía de ritmo que otorgó un adecuado contraste con la obra de Campos Parsi al inicio de la cita. Nuevamente logró la orquesta una lectura concentrada, con un trabajo excelente en los metales.
George Gershwin es sin duda uno de los compositores más emblemáticos de la escuela estadounidense. Con su “An American in Paris” nos da un cuadro vivo de su paso por la “capital del siglo XIX”, como llamara el alemán Walter Benjamin la metrópolis francesa. Nuevamente fue una lectura ágil y constreñida, de gran plasticidad y sentido orgánico, aun cuando el director dejó extrañar más mesura en los pasajes marcados forte, así como una mayor diferenciación de timbre.
Concluyó el concierto con un arreglo de la danza “Tormento”, de Juan Morel Campos, excelente adición como pieza fuera de programa.
