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Poner a Puerto Rico primero

26 de diciembre de 2012 - Opinión, Política, Puerto Rico -

“Admito que tengo mis profundas reservas sobre la posibilidad de articular un bien común que no sea rehén del poder político de turno”

Andrés L. Córdova

Concluida la contienda electoral ,  los victoriosos y los derrotados  alzan sus respectivas voces de celebración y lamento, reclamado cada cual que lo importante es “poner a Puerto Rico primero”. Y tienen razón, es necesario poner a Puerto Rico primero, aunque muchos – me incluyo –  no estemos muy  muy seguros de que exactamente signifique eso.

Tan pronto se comienza a reflexionar sobre el significado de la frase “poner a Puerto Rico primero” empezamos a tropezar con toda una serie de interrogantes, contradicciones y divagaciones que arrojan mas sombra que luz. ¿Qué significa “poner a Puerto Rico primero”? ¿Significa poner el problema del desempleo primero? ¿Significa controlar el problema de los costos energéticos? ¿Qué tal de las condiciones salariales de los empleados públicos? ¿Y el Fondo de Retiro de empleados del E.L.A.?¿Imponemos mayores contribuciones? Esta jerarquización implícita de primero, segundo, tercero, etc., ¿es un orden de prioridad política exclusivamente, o alcanza otras esferas  de la vida social, económica  y cultural del país?  Cómo hemos de resolver las contradicciones y pujos de egos que invariablemente habrán de surgir cuando personas con diferentes opiniones, creencias e intereses conflijan entre si, cada cual tratando de promover su agenda? Mas aún, siendo Puerto Rico una categoría  política, ¿quién habla por Puerto Rico y fija lo que es primero? La lista es interminable.

Supongo que todos reconocemos en nuestro fuero interno que la  frase “poner a Puerto Rico primero” es, en primera instancia, una consigna política articulada para ganar adeptos a una visión e intereses políticos en específico y, consecuentemente, para oponerse a aquellas que le sean contrarias. En este sentido, “poner a Puerto Rico primero” significa adelantar una visión particular de lo que aquellos en posiciones de poder entienden en su diáfana subjetividad lo que es lo mejor. Naturalmente, otros tienen otras visiones, otros intereses, que también entienden “ponen a Puerto Rico primero”. Ninguno de ellos, sobra decir, tiene un monopolio sobre la verdad. El cinismo que caracteriza nuestros días hace muy difícil ver y leer en estas consignas de los partidos políticos verdaderos autos de fe.

No podemos perder de vista que a un nivel de generalidad todos estamos de acuerdo con todo, no hay diferencias de opinión, y – en palabras de Hegel – todas las vacas son negras.  Entre las muchas lecciones que arroja la historia de la humanidad, una es que bajo el manto de tales abstracciones se han cometido graves injusticias. Pienso, sin pretender ser exhaustivo, en la Inquisición, la utopía comunista,  el progreso… A nivel individual, en cambio, la lealtad, la solidaridad, el buen obrar entre los seres humanos empieza y se desarrolla en las relaciones interpersonales que cada cual construye a lo largo de una vida; no en las categorías políticas o religiosas, por mencionar las dos más comunes, que con demasiada facilidad son manipuladas para promover intereses particulares. En este contexto el novelista inglés  E.M.  Forster decía que si tuviera que escoger entre  traicionar a un amigo o a su país, esperaba tener el valor de traicionar a su  país.  Esperamos no tener que llegar a tal disyuntiva.

En segunda instancia la frase “poner a Puerto Rico primero”, sin embargo,  arrastra esperanzas y querencias que sugieren la posibilidad de que aún es posible pensar en un bien común que de alguna manera misteriosa – mística, si se prefiere -  trascienda los intereses faccionales que pugnan entre si  en una sociedad, sean estos de clase, de nacionalidad, de raza, de género,   entre otros.  Admito que tengo mis profundas reservas sobre la posibilidad de articular un bien común que no sea rehén del poder político de turno. En fin, la invitación al consenso, a las alianzas, esta predicada en la fuerza política que en un momento dado detenta quien invita. En la medida en que dicha fuerza política se disipa, lo cual ocurre  más temprano que tarde, la idea de un bien común  empieza a desvanecerse en una neblina retórica y en las recriminaciones propias de nuestra naturaleza humana.

A escasos días de las elecciones este proceso de descomposición del postulado “poner a Puerto Rico primero” ya  ha comenzado. ¿Cómo interpretar el triunfo electoral del Partido Popular Democrático vís a vís el referéndum del status? Si el pueblo habló – lo cual no pasa de ser otra metáfora de cuestionable significado – ¿cómo reconciliar las evidentes tensiones entre ambos resultados? Ya varios auto-designados intérpretes de la voluntad popular reclaman para si el verdadero significado del resultado electoral, poniendo palabras en la boca de sus abstracciones.  Si bien es cierto que todos tenemos derechos a nuestras opiniones, incluyendo las que nacen de nuestros prejuicios, errores y pasiones, no es menos cierto que eso no garantiza su corrección.  El proceso político democrático no asegura que prevalece quien tiene la razón, sino quien tiene los votos. Esa es su  fortaleza y su  debilidad,  simultáneamente.

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