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Viejo cementerio atrae visitantes nocturnos

11 de diciembre de 2012 - Insólitas -

Algunos visitantes se estremecen, otros sonríen.

LIMA, Perú— Mientras Lima se apaga y el cielo se torna de color cobre oscuro, los visitantes prenden las pantallas de sus teléfonos para guiar sus pasos por este lugar repleto de tumbas, cruces, ángeles y buitres.

“Aquí hay 220.000 entierros desde el siglo XIX ¿Habrá almas en pena?”, pregunta Guben Chaparro , un guía de 73 años que da la bienvenida a uno de los cementerios más antiguos de Latinoamérica. “Sí, hay almas, sobre todo de noche”, se responde a sí mismo.

Algunos visitantes se estremecen, otros sonríen.

“Quiero asustarme, escuchar relatos y caminar sin luz”, dice Julia López, empleada en una tienda de venta de ropa de 33 años, quien junto a dos amigas decidió inscribirse en el paseo nocturno que todas las semanas organiza la Beneficencia de Lima, dueña del cementerio.

En la entrada principal del camposanto una actriz que representa a la muerte con capucha, zancos y filuda guadaña camina con pasos lentos y se retrata en fotografías con los visitantes. La oscuridad dibuja una atmósfera de suspenso.

“El cementerio Presbítero Matías Maestro es enorme, tiene más de 20 hectáreas, por eso no alcanzaría una sola visita para contarlo todo”, dice José Bocanegra, otro guía e historiador de cementerios que relata la vida peruana en el siglo XIX y XX frente a mausoleos de mármol de decenas de políticos y millonarios comerciantes que manejaron a su antojo este país.

Cuando se enterró a la primera persona en 1808, Perú era una sociedad estamental y capital del moribundo virreinato español, por lo que el camposanto tenía áreas reservadas para la élite y otras en la periferia para el pueblo.

Pero hay aristócratas enterrados en zonas humildes.

El opulento marqués de Torre Tagle y su mujer tienen sus nichos unidos por los dibujos de dos manos. Ambos cayeron en desgracia luego que el noble intentó traicionar al libertador Simón Bolívar y se refugió 13 meses en una fortaleza militar cerca del Pacífico donde se alimentó de ratas y murió enfermo de escorbuto junto a su mujer e hijo.

Y hay muertos considerados milagrosos.

La estatua de Ricardito Espiell, un niño de seis años fallecido en 1893, tiene más de un centenar de pequeñas placas de plástico pegadas en una pared contigua donde los fieles le agradecen por conseguirles un empleo u otorgarles un hijo.

“Vienen mujeres que lavan la estatua con champú, le traen flores, lo perfuman”, dice el guía Chaparro.

El Presbítero Matías Maestro, llamado así en honor a su diseñador español, tiene un pabellón de nichos para gordos, con un ancho casi el doble de los ordinarios, y también la tumba de un excéntrico poeta local, José Chocano, enterrado de pie por petición propia.

El Presbítero Matías Maestro, llamado así en honor a su diseñador español, tiene un pabellón de nichos para gordos, con un ancho casi el doble de las ordinarias.

El cementerio no recibe apoyo estatal por ser propiedad de la Beneficencia así que lo que las visitas nocturnas se han convertido en “la principal fuente de ingresos para cuidarlo”, dice Yvette Sierra, vocera de la institución benéfica.

Al igual que en Estados Unidos y Europa donde el necroturismo tiene mayor antigüedad, en Latinoamérica desde Uruguay hasta México los principales cementerios han comenzado a abrir sus puertas a los visitantes en la última década.

Al igual que en Estados Unidos y Europa, donde el necroturismo tiene mayor antigüedad, en Latinoamérica desde el cementerio central en Montevideo hasta el Panteón de San Fernando en la Ciudad de México han comenzado a abrir sus puertas a los visitantes en la última década.

Más de 10.000 personas han visitado el Presbítero Matías Maestro desde 2002, según datos de la Beneficencia. Los recorridos son los jueves y sábados de seis a nueve de la noche y cuesta ocho dólares incluido el transporte desde el centro de Lima.

Cerca a la vía principal del cementerio, una mujer con abrigo negro llora desesperada mientras se pierde por entre las lápidas y árboles sin hojas. “Es la llorona, una representación escénica que agrega interés a la visita”, dice Sierra.

“El miedo que puedes sentir al inicio pasa y más bien te quedas pensando, filosofando, en qué será de nuestra vida después de que uno se muera”, comenta Rafael Vargas, un oficinista que recorre el cementerio con su novia.

“En verdad no le tenemos miedo a los muertos”, dice Arsenio Sánchez, guardián del cementerio por más de 15 años y que duerme en el sótano de un mausoleo abandonado. “Le tenemos miedo a los vivos, a los ladrones, porque entran a robarse el mármol”, concluye cogiendo un garrote de madera.

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